Cuando murió mi abuela, mi padre no dijo nada. Sencillamente, se quedó sentado, junto al resto de sus hermanos, con la mirada clavada en el suelo. Alguien susurró, de pronto, que había que amortajarla. Yo era pequeño, y no sabía qué demonios era eso.
Aun así, sonaba mal.
Un vecino –creo que era el vecino del tercero– se ofreció para hacerlo. Se pasaba borracho la mayor parte del día, pero tenía doce años de experiencia como celador de hospital. Recuerdo que trataba de anudar en vano un pañuelo bajo la barbilla de mi abuela. Agarraba las puntas del pañuelo, tiraba de ellas tan fuerte como podía. Pero el lazo se deslizaba una y otra vez, y el tipo se echaba mano a los riñones, bufando:
-¡No hay manera, no hay manera!
Yo contemplaba la escena junto a mi padre. La mujer del celador se había colocado al otro lado de la cama, y sacaba grandes puñados de algodón de una bolsa de plástico. De vez en cuando, suplicaba a su marido que tuviera un poco más de cuidado. Voy a necesitar el pegamento, le decía de repente el celador, tambaleándose junto a mi abuela muerta. Y ella corría de un extremo a otro de la habitación, agitando los brazos:
-¡Oh, lo lamento, lo lamento mucho!
Fue entonces cuando sentí la necesidad de preguntarle algunas cosas a mi padre. ¿Era eso la muerte? ¿O quizá debía ser de otra manera? La cabeza inerte de mi abuela rebotaba una y otra vez contra la almohada, pero él permanecía callado, indiferente. Le miré de reojo: tenía los codos apoyados en las rodillas, los dedos cruzados sobre el vacío.
Me mordí el labio, volví la vista al suelo.
Me agarré a él tan fuerte como pude.


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