Cómo transformar un simple brunch en el clímax de una trasnochada comedia francesa: manual para iniciados

Antes de nada: yo no quería acostarme con ella. Si hubiera querido acostarme con ella la hubiese invitado a Faunia, o al Circo del Sol, o a cualquiera de esos sitios a los que la gente siempre quiere ir en coche para poder bromear después acerca de las prohibitivas tarifas de estacionamiento. Has visto esta factura, diría. Tócate la polla con los pingüinos. Ella me miraría. Diría: vaya. Y me besaría allí mismo con el apetito de cien osos polares a los que alguien hubiera ocultado hasta ese momento la existencia de la primavera.

Así son las cosas. La naturaleza es sabia.

Pero ya digo que no pretendía escurrirme entre sus sábanas. Si le hablé de aquella manera, fue por puro exhibicionismo. Una sesión de fitness emocional, un dispendio de palabras prescindibles. A esas alturas del brunch, mi nueva compañera de trabajo ya había podido hacerse una idea de la clase de miserable que tenía delante. Siguiendo mi patrón de conducta habitual ante los desconocidos, decidí poner las cosas claras desde un principio: me gustan tanto las personas que soy incapaz de relacionarme con ellas sin destrozarles la vida. Después de esta confesión, me subí el cuello del jersey y encendí un cigarrillo. Uno se siente rematadamente imbécil comiendo pescado crudo.

A decir verdad, saltaba a la vista que mi nueva compañera de trabajo era una buena persona. En lugar de ponerse a cubierto tras un inexpugnable muro de mecanismos de defensa, me ofreció un trago de su refresco cítrico. Luego se recogió el pelo con una pluma estilográfica, y planteó abiertamente dos soluciones para mi problema.

La primera era que cambiase.

La segunda era que me hiciese tratar con piedras calientes en determinados puntos de mi cuerpo. Se trataba de una técnica conocida como reiki, o lo que es lo mismo: Armonía Universal para todos en cómodas sesiones de una hora de duración. La ciencia vuelve a sus orígenes, exclamó, y me acercó un pequeño folleto. El Profesor John Curtin podía aliviar los dolores producidos por la bronquitis, las quemaduras de segundo grado y el egocentrismo. Si decide seguir uno de nuestros tratamientos –señalaba el folleto– póngalo antes en conocimiento de sus familiares y amigos: probablemente le verán tan contento y relajado que exigirán una explicación por su parte.

Supongo que aquello me hizo sonreír, pero después caí en la cuenta de que la conversación amenazaba con morderse la cola, y opté por bombardear con piedrecitas el interior de una fuente repleta de hojas flotantes. Mi nueva compañera de trabajo terminó entonces su mousse de yogurt. Después tomó una de mis piedrecitas, y la lanzó exactamente al mismo lugar. Las ondas producidas por nuestros proyectiles se transformaron hacia el centro de la fuente en un garabato de Roy Lichtenstein.

–La primera vez que me sometí al tratamiento –comentó– casi me achicharran la espalda. Ese tipo tiene unas manazas enormes. Maldije, me acordé de todos los Santos: aquel trozo de cuarzo debía de estar por lo menos a doscientos grados. De pronto, el tipo murmuró algo, y me rodeó el cuello con una de sus manazas. Jamás adivinarías lo que sucedió entonces: la maldita piedra ya no quemaba, y era su mano la que concentraba todo el calor en la parte superior de mi cuello. Me quedé profundamente dormida, y soñé con apartamentos en multipropiedad. Después desperté, y me sentí bien.

Se levantó. Encendió un cigarrillo. Deshizo su improvisado recogido y, mientras metía en cintura su melena rubia, me dediqué a recoger todos los residuos que había generado nuestro brunch: tenedores de plástico, bandejas termo-selladas y vasos de café con forma de cápsula espacial. El aire traía de vuelta el agua de la fuente, al otro lado de la valla un mendigo se acurrucaba en un nicho de cartón. Me quedé un buen rato mirando la Torre Picasso. Observé de abajo a arriba su impresionante mole blanca y, a la altura del último piso, mi vista se curvó sobre sí misma y me ofreció el gran angular que la situación estaba pidiendo a gritos. Dejé caer al suelo todos nuestros residuos, me volví hacia ella. Practiqué inmediatamente una traqueotomía en mi garganta, y le dije lo que de verdad me gustaría hacer:

– ¿Sabes lo que realmente me gustaría hacer? –yo le hablaba a su vientre a través de mi traqueotomía. Si pudiera –le dije– me gustaría organizar una fiesta. Mandaría invitaciones a todas las personas a las que he jodido a lo largo de mi vida, y también a las que pienso joder en el futuro. Les reuniría a todos en una gran casa de campo escocesa, y no les diría una sola palabra sobre el motivo de la fiesta. Ellos han llegado, están ahí. Yo les observo a través de una mirilla. Compruebo que no falta ninguno. Entonces hablo a través de un micrófono: les digo que son fantásticos. En realidad –le expliqué– todos y cada uno de ellos son las mejores personas que puedas imaginar. Pero les diría algo más –agregué– les diría que lo realmente maravilloso sería que llegasen a conocerse entre sí; que si existe una razón última, un motivo cósmico por el cual yo me he dedicado a joderles la vida, no es otro que el de organizar este tinglado y tratar por todos los medios de que ellos se emborrachen y puedan convertirse en grandes amigos. De algún modo –nuestro brunch tocaba ya a su fin– me acabo de dar cuenta de que mi salvación depende única y exclusivamente de esta puñetera cosa.

Aquella jornada terminó con cuatrocientos muertos en un choque de trenes en Somalia y la posibilidad sugerida por la NASA de mandar la primera misión tripulada a Marte en 2016.

Como siempre, fui el último en abandonar la redacción.

En mi casa, encargué comida hindú, y rebobiné a gusto la película media docena de veces.

Después, me quedé profundamente dormido.

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