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El impasse

Todo está lleno de amor.

Aquí me tienes, en pleno impasse. Miro por la ventana: está lloviendo, un pensionista se tambalea sobre la acera. No sé qué decirte, ni bien ni mal. Antes bien, esperando a que suceda algo.

Y es que tengo mi casa llena de cosas (como setas, las cosas) y quiero enseñarle a la gente esta casa llena de cosas. Quiero pedir perdón, a la gente, por mis reiteradas ausencias (tan sólo quise viejar para recoger cosas, y esas cosas acabaron por recogerme a mí, y por convertirme en cosa).

Somos moléculas, una red de sentimientos: acércame el carbono, necesito asentarme; me sobra hidrógeno, ¿te apetece volar? Uno empieza en una punta, y va girando, rebotando, estrellándose contra otros. Pon que de ahí saltan chispas o, más allá, florece el gélido Invierno -y es que cualquier cosa es mejor que quedarse en pleno impasse.

Porque, mira quiero ser sincero. A estas alturas, no me voy a andar con más excusas: uno empieza aquí y acaba allá; no me juzgues, qué sé yo. ¡Es tan difícil hacer el camino inverso!

Pero el caso es que he vuelto, y quiero enseñarle a la gente esta casa llena de cosas. Y que mis cosas sean tus cosas, y que tus cosas vuelvan a florecer (como setas) sobre mi cuerpo desnudo.

Sólo déjame tomar aliento.

Menuda caminata.

La caída

Cuando murió mi abuela, mi padre no dijo nada. Sencillamente, se quedó sentado, junto al resto de sus hermanos, con la mirada clavada en el suelo. Alguien susurró, de pronto, que había que amortajarla. Yo era pequeño, y no sabía qué demonios era eso.

Aun así, sonaba mal.

Un vecino –creo que era el vecino del tercero– se ofreció para hacerlo. Se pasaba borracho la mayor parte del día, pero tenía doce años de experiencia como celador de hospital. Recuerdo que trataba de anudar en vano un pañuelo bajo la barbilla de mi abuela. Agarraba las puntas del pañuelo, tiraba de ellas tan fuerte como podía. Pero el lazo se deslizaba una y otra vez, y el tipo se echaba mano a los riñones, bufando:

-¡No hay manera, no hay manera!

Yo contemplaba la escena junto a mi padre. La mujer del celador se había colocado al otro lado de la cama, y sacaba grandes puñados de algodón de una bolsa de plástico. De vez en cuando, suplicaba a su marido que tuviera un poco más de cuidado. Voy a necesitar el pegamento, le decía de repente el celador, tambaleándose junto a mi abuela muerta. Y ella corría de un extremo a otro de la habitación, agitando los brazos:

-¡Oh, lo lamento, lo lamento mucho!

Fue entonces cuando sentí la necesidad de preguntarle algunas cosas a mi padre. ¿Era eso la muerte? ¿O quizá debía ser de otra manera? La cabeza inerte de mi abuela rebotaba una y otra vez contra la almohada, pero él permanecía callado, indiferente. Le miré de reojo: tenía los codos apoyados en las rodillas, los dedos cruzados sobre el vacío.

Me mordí el labio, volví la vista al suelo.

Me agarré a él tan fuerte como pude.

La Historia del Arte de Follar

Ayer, se me ocurrió que, en una contribución sin par al devenir humano, estaría bien clasificar a mis parejas sexuales según diferentes estilos de la Historia del Arte. Lo cierto es que he estado un buen rato dándole vueltas al asunto y, sorprendentemente, todo el mundo acaba encajando en alguno. Como soy un hombre discreto, no voy a detallar aquí nombres y apellidos. En lugar de eso, expondré las conclusiones a las que he llegado a lo largo de mi vida sexual, que empezó a los cuatro años.

Clásico

Antes de nada: no existe un estilo clásico de follar. Al menos, en la vida corriente. Antes bien, este estilo vive en el limbo de la memoria colectiva como la forma ortodoxa, higiénica y armónica de follar. Es una referencia, un manual al que siempre puedes volver cuando te pierdas. Está muy bien conocerlo y, por ese mismo motivo, todas las asignaturas de las carreras de letras empiezan por los griegos: es algo que tienes que saber antes de lanzarte más allá; es como un respetuoso y ritualizado tributo previo a meterse en harina de verdad. Por lo demás, nunca he conocido a nadie que folle clásico. Ni tampoco normal.

El desfase cándido y templado, clave del estilo renacentista de follar.

Renacentista

En mi opinión, es por el que todos empezamos. Respetamos los cánones y procuramos perfeccionarlos, siempre atentos a la valoración de algún maestro que ha repetido curso y sabe del tema. Se trata de la celebración del cuerpo humano joven y bello, del placer por el placer, del experimentar con perspectivas distintas de la misma cosa -eso sí- sin salirnos demasiado del cuadro general. Lo típico es que, en este estadio, tu fantasía sea hacerlo en un playa o en el campo: lo de la arena que se te mete por el culo es algo con lo que no contabas y te lleva, posteriormente, a buscar nuevas formas de expresión.

Medieval

Dificilísimo de encontrar, injustamente menospreciado, un placer incomparable, sólo reservado al paciente erudito del follar. En síntesis, hay que recordar que aquí Dios es el centro del Universo, y tu polvo también gira, por razones geométricas evidentes, alrededor de él. Es el momento de abrir los ojos como platos, gemir con un gesto compungido y mirar bien alto, hacia los cielos, en señal de gratitud. Si eres ateo da lo mismo: ponle un poco de imaginación y ya está. Lo malo es la perspectiva frontal, que acaba cansando un poco, pero bueno, se compensa con un simbolismo bastante variado y, en ocasiones, inquietante. Hay que añadir que un subgénero de éste es el amor cortés, una de las coartadas más bonitas que hemos inventado los seres humanos para reproducirnos.

Claroscuros del estilo medieval: véase el guiño sado del aguilucho comiéndose el dedo del tipo.

Primitivo

Esto no es un estilo, son los genes. Poco más que añadir aquí.

Barroco

Este estilo tiene un doble filo: su gusto por el detalle puede ser tan acertado como funesto. Es que, a ver, estás ahí, totalmente entregado -todo guay-, pero tampoco estaría mal que se fijasen en el resto de tu cuerpo. Acabas sintiéndote como un hombre un hombre-objeto, un hombre-cúpula, un hombre-arbotante, un hombre-aguja; siempre una cosa a la vez y pulida sistemáticamente hasta el extremo. En cualquier caso, todos queremos eso en algún momento de nuestras vidas y, qué demonios, para eso no hay nada como el estilo barroco. A su favor, hay que decir que siempre es todo muy intenso, como si no hubiera mañana, por aquello del tempus fugit, imagino. También se grita mucho. Eso sí, huid del churrigueresco: es demasiado para cualquiera.

Romántico

¿Cómo resumir este estilo de follar? ¡Pero si es que en él cabe de todo! Violentas tormentas, estremecedores acantilados, una pequeña muerte detrás de otra hasta alcanzar ese punto en el que el sufrimiento se convierte en algo bello. Yo creo que éste es el origen de todas las parafilias, incluido el propio romanticismo. Hay que tener en cuenta que, detrás de todo ello, se esconde ya un amplio legado de siglos de Historia del Arte de Follar, por lo que no hay que dejarse engañar: ese apasionamiento está sustentado por técnicas muy refinadas, apenas perceptibles: eso es lo que le da la gracia. Precisamente, lo peor que te puede pasar con este estilo es que se te vea demasiado la técnica cuando estás montando el numerito: queda realmente mal y te sientes como el actor al que el director corta en mitad de una escena, con todo el mundo mirando.

Orgasmos rojo sangre como el primer amanecer antes del fin del mundo: eso es el estilo romántico. Los emos serán sus grandes valedores del futuro.

Neoclásico

Es el estilo al que vuelves cuando recuerdas, con terror, lo que sucedió en el baño de aquel after el día anterior y no quieres que la cosa se te siga yendo de las manos. Es una etapa más, que pasa sin pena ni gloria, meramente depurativa. Al final, siempre estás un tiempo con él y luego vuelves a lo del after.

Vanguardista

Es un estilo que habla a través de sus subgéneros, ya conocidos por todos: sadomasoquismo, fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, el rollo naïf y sus derivados; minimalismo, bestialismo, impresionismo (demasiado fugaz, a veces), orientalismo, “Cuarenta alumnas contra el profe”, bukkake y el resto de cosas raras de los chinos; dadaísmo, surrealismo, futurismo (esta gente folla como una auténtica locomotora), hiperrealismo, realismo sucio (de mis preferidos), conceptual (muy importante pillarlo muy bien desde el principio, o si no ya no hay nada que hacer), premenstrual, postmenstrual, postmoderno (aquí vale todo), vintage (apreciable, pero sigo prefiriendo un buen medieval), “Mancha blanca sobre fondo blanco” y, en fin, cualquier cosa que te quieras inventar y plantarle un sábado por la noche a tu pareja: eso es la vanguardia.

Ah, y el underground

En el que lo más importante…

Ja, ja, ja.

… es saberse reír de uno mismo.

Y aquí doy por finalizada mi contribución a la Humanidad de hoy. Saludos y ya sabéis: ¡a estudiar mucho!