Ayer, se me ocurrió que, en una contribución sin par al devenir humano, estaría bien clasificar a mis parejas sexuales según diferentes estilos de la Historia del Arte. Lo cierto es que he estado un buen rato dándole vueltas al asunto y, sorprendentemente, todo el mundo acaba encajando en alguno. Como soy un hombre discreto, no voy a detallar aquí nombres y apellidos. En lugar de eso, expondré las conclusiones a las que he llegado a lo largo de mi vida sexual, que empezó a los cuatro años.
Clásico
Antes de nada: no existe un estilo clásico de follar. Al menos, en la vida corriente. Antes bien, este estilo vive en el limbo de la memoria colectiva como la forma ortodoxa, higiénica y armónica de follar. Es una referencia, un manual al que siempre puedes volver cuando te pierdas. Está muy bien conocerlo y, por ese mismo motivo, todas las asignaturas de las carreras de letras empiezan por los griegos: es algo que tienes que saber antes de lanzarte más allá; es como un respetuoso y ritualizado tributo previo a meterse en harina de verdad. Por lo demás, nunca he conocido a nadie que folle clásico. Ni tampoco normal.
Renacentista
En mi opinión, es por el que todos empezamos. Respetamos los cánones y procuramos perfeccionarlos, siempre atentos a la valoración de algún maestro que ha repetido curso y sabe del tema. Se trata de la celebración del cuerpo humano joven y bello, del placer por el placer, del experimentar con perspectivas distintas de la misma cosa -eso sí- sin salirnos demasiado del cuadro general. Lo típico es que, en este estadio, tu fantasía sea hacerlo en un playa o en el campo: lo de la arena que se te mete por el culo es algo con lo que no contabas y te lleva, posteriormente, a buscar nuevas formas de expresión.
Medieval
Dificilísimo de encontrar, injustamente menospreciado, un placer incomparable, sólo reservado al paciente erudito del follar. En síntesis, hay que recordar que aquí Dios es el centro del Universo, y tu polvo también gira, por razones geométricas evidentes, alrededor de él. Es el momento de abrir los ojos como platos, gemir con un gesto compungido y mirar bien alto, hacia los cielos, en señal de gratitud. Si eres ateo da lo mismo: ponle un poco de imaginación y ya está. Lo malo es la perspectiva frontal, que acaba cansando un poco, pero bueno, se compensa con un simbolismo bastante variado y, en ocasiones, inquietante. Hay que añadir que un subgénero de éste es el amor cortés, una de las coartadas más bonitas que hemos inventado los seres humanos para reproducirnos.
Primitivo
Esto no es un estilo, son los genes. Poco más que añadir aquí.
Barroco
Este estilo tiene un doble filo: su gusto por el detalle puede ser tan acertado como funesto. Es que, a ver, estás ahí, totalmente entregado -todo guay-, pero tampoco estaría mal que se fijasen en el resto de tu cuerpo. Acabas sintiéndote como un hombre un hombre-objeto, un hombre-cúpula, un hombre-arbotante, un hombre-aguja; siempre una cosa a la vez y pulida sistemáticamente hasta el extremo. En cualquier caso, todos queremos eso en algún momento de nuestras vidas y, qué demonios, para eso no hay nada como el estilo barroco. A su favor, hay que decir que siempre es todo muy intenso, como si no hubiera mañana, por aquello del tempus fugit, imagino. También se grita mucho. Eso sí, huid del churrigueresco: es demasiado para cualquiera.
Romántico
¿Cómo resumir este estilo de follar? ¡Pero si es que en él cabe de todo! Violentas tormentas, estremecedores acantilados, una pequeña muerte detrás de otra hasta alcanzar ese punto en el que el sufrimiento se convierte en algo bello. Yo creo que éste es el origen de todas las parafilias, incluido el propio romanticismo. Hay que tener en cuenta que, detrás de todo ello, se esconde ya un amplio legado de siglos de Historia del Arte de Follar, por lo que no hay que dejarse engañar: ese apasionamiento está sustentado por técnicas muy refinadas, apenas perceptibles: eso es lo que le da la gracia. Precisamente, lo peor que te puede pasar con este estilo es que se te vea demasiado la técnica cuando estás montando el numerito: queda realmente mal y te sientes como el actor al que el director corta en mitad de una escena, con todo el mundo mirando.

Orgasmos rojo sangre como el primer amanecer antes del fin del mundo: eso es el estilo romántico. Los emos serán sus grandes valedores del futuro.
Neoclásico
Es el estilo al que vuelves cuando recuerdas, con terror, lo que sucedió en el baño de aquel after el día anterior y no quieres que la cosa se te siga yendo de las manos. Es una etapa más, que pasa sin pena ni gloria, meramente depurativa. Al final, siempre estás un tiempo con él y luego vuelves a lo del after.
Vanguardista
Es un estilo que habla a través de sus subgéneros, ya conocidos por todos: sadomasoquismo, fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, el rollo naïf y sus derivados; minimalismo, bestialismo, impresionismo (demasiado fugaz, a veces), orientalismo, “Cuarenta alumnas contra el profe”, bukkake y el resto de cosas raras de los chinos; dadaísmo, surrealismo, futurismo (esta gente folla como una auténtica locomotora), hiperrealismo, realismo sucio (de mis preferidos), conceptual (muy importante pillarlo muy bien desde el principio, o si no ya no hay nada que hacer), premenstrual, postmenstrual, postmoderno (aquí vale todo), vintage (apreciable, pero sigo prefiriendo un buen medieval), “Mancha blanca sobre fondo blanco” y, en fin, cualquier cosa que te quieras inventar y plantarle un sábado por la noche a tu pareja: eso es la vanguardia.
Ah, y el underground
En el que lo más importante…
… es saberse reír de uno mismo.
Y aquí doy por finalizada mi contribución a la Humanidad de hoy. Saludos y ya sabéis: ¡a estudiar mucho!















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