Monthly Archive for Junio, 2010

La Historia del Arte de Follar

Ayer, se me ocurrió que, en una contribución sin par al devenir humano, estaría bien clasificar a mis parejas sexuales según diferentes estilos de la Historia del Arte. Lo cierto es que he estado un buen rato dándole vueltas al asunto y, sorprendentemente, todo el mundo acaba encajando en alguno. Como soy un hombre discreto, no voy a detallar aquí nombres y apellidos. En lugar de eso, expondré las conclusiones a las que he llegado a lo largo de mi vida sexual, que empezó a los cuatro años.

Clásico

Antes de nada: no existe un estilo clásico de follar. Al menos, en la vida corriente. Antes bien, este estilo vive en el limbo de la memoria colectiva como la forma ortodoxa, higiénica y armónica de follar. Es una referencia, un manual al que siempre puedes volver cuando te pierdas. Está muy bien conocerlo y, por ese mismo motivo, todas las asignaturas de las carreras de letras empiezan por los griegos: es algo que tienes que saber antes de lanzarte más allá; es como un respetuoso y ritualizado tributo previo a meterse en harina de verdad. Por lo demás, nunca he conocido a nadie que folle clásico. Ni tampoco normal.

El desfase cándido y templado, clave del estilo renacentista de follar.

Renacentista

En mi opinión, es por el que todos empezamos. Respetamos los cánones y procuramos perfeccionarlos, siempre atentos a la valoración de algún maestro que ha repetido curso y sabe del tema. Se trata de la celebración del cuerpo humano joven y bello, del placer por el placer, del experimentar con perspectivas distintas de la misma cosa -eso sí- sin salirnos demasiado del cuadro general. Lo típico es que, en este estadio, tu fantasía sea hacerlo en un playa o en el campo: lo de la arena que se te mete por el culo es algo con lo que no contabas y te lleva, posteriormente, a buscar nuevas formas de expresión.

Medieval

Dificilísimo de encontrar, injustamente menospreciado, un placer incomparable, sólo reservado al paciente erudito del follar. En síntesis, hay que recordar que aquí Dios es el centro del Universo, y tu polvo también gira, por razones geométricas evidentes, alrededor de él. Es el momento de abrir los ojos como platos, gemir con un gesto compungido y mirar bien alto, hacia los cielos, en señal de gratitud. Si eres ateo da lo mismo: ponle un poco de imaginación y ya está. Lo malo es la perspectiva frontal, que acaba cansando un poco, pero bueno, se compensa con un simbolismo bastante variado y, en ocasiones, inquietante. Hay que añadir que un subgénero de éste es el amor cortés, una de las coartadas más bonitas que hemos inventado los seres humanos para reproducirnos.

Claroscuros del estilo medieval: véase el guiño sado del aguilucho comiéndose el dedo del tipo.

Primitivo

Esto no es un estilo, son los genes. Poco más que añadir aquí.

Barroco

Este estilo tiene un doble filo: su gusto por el detalle puede ser tan acertado como funesto. Es que, a ver, estás ahí, totalmente entregado -todo guay-, pero tampoco estaría mal que se fijasen en el resto de tu cuerpo. Acabas sintiéndote como un hombre un hombre-objeto, un hombre-cúpula, un hombre-arbotante, un hombre-aguja; siempre una cosa a la vez y pulida sistemáticamente hasta el extremo. En cualquier caso, todos queremos eso en algún momento de nuestras vidas y, qué demonios, para eso no hay nada como el estilo barroco. A su favor, hay que decir que siempre es todo muy intenso, como si no hubiera mañana, por aquello del tempus fugit, imagino. También se grita mucho. Eso sí, huid del churrigueresco: es demasiado para cualquiera.

Romántico

¿Cómo resumir este estilo de follar? ¡Pero si es que en él cabe de todo! Violentas tormentas, estremecedores acantilados, una pequeña muerte detrás de otra hasta alcanzar ese punto en el que el sufrimiento se convierte en algo bello. Yo creo que éste es el origen de todas las parafilias, incluido el propio romanticismo. Hay que tener en cuenta que, detrás de todo ello, se esconde ya un amplio legado de siglos de Historia del Arte de Follar, por lo que no hay que dejarse engañar: ese apasionamiento está sustentado por técnicas muy refinadas, apenas perceptibles: eso es lo que le da la gracia. Precisamente, lo peor que te puede pasar con este estilo es que se te vea demasiado la técnica cuando estás montando el numerito: queda realmente mal y te sientes como el actor al que el director corta en mitad de una escena, con todo el mundo mirando.

Orgasmos rojo sangre como el primer amanecer antes del fin del mundo: eso es el estilo romántico. Los emos serán sus grandes valedores del futuro.

Neoclásico

Es el estilo al que vuelves cuando recuerdas, con terror, lo que sucedió en el baño de aquel after el día anterior y no quieres que la cosa se te siga yendo de las manos. Es una etapa más, que pasa sin pena ni gloria, meramente depurativa. Al final, siempre estás un tiempo con él y luego vuelves a lo del after.

Vanguardista

Es un estilo que habla a través de sus subgéneros, ya conocidos por todos: sadomasoquismo, fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, el rollo naïf y sus derivados; minimalismo, bestialismo, impresionismo (demasiado fugaz, a veces), orientalismo, “Cuarenta alumnas contra el profe”, bukkake y el resto de cosas raras de los chinos; dadaísmo, surrealismo, futurismo (esta gente folla como una auténtica locomotora), hiperrealismo, realismo sucio (de mis preferidos), conceptual (muy importante pillarlo muy bien desde el principio, o si no ya no hay nada que hacer), premenstrual, postmenstrual, postmoderno (aquí vale todo), vintage (apreciable, pero sigo prefiriendo un buen medieval), “Mancha blanca sobre fondo blanco” y, en fin, cualquier cosa que te quieras inventar y plantarle un sábado por la noche a tu pareja: eso es la vanguardia.

Ah, y el underground

En el que lo más importante…

Ja, ja, ja.

… es saberse reír de uno mismo.

Y aquí doy por finalizada mi contribución a la Humanidad de hoy. Saludos y ya sabéis: ¡a estudiar mucho!

My Own Private Favstar (III)

Como cada semana (aunque esta vez hayan pasado casi dos: vaguete que es uno), aquí están los despropósitos de 140 caracteres que han conseguido dilatar mis pupilas. Y como de costumbre, el orden (si quieres) lo pones tú:

Oh, que no te engañe mi ruda apariencia, detrás del cuero y los tatuajes de calaveras y cuchillos hay un ama de casa deseando complacerte.Thu Jun 24 09:53:21 via web

Mi sueño es ser invitado a una fiesta de aristócratas y ser yo mismo hasta que alguien diga ‘que obscenidad’.Sun Jun 27 10:43:12 via web

buscando en internet cómo hacer ensalaladas que no tengan lechuga ni tomate y que tengan butifarra o en su defecto morcilla de arrozSat Jun 26 18:49:03 via web

Con madre hablábamos de esa gente que tiene los ojos demasiado celestes. Y no sé cómo derivó en que los pediatras son una gente horrible.Fri Jun 25 01:58:28 via web

¡EY! Tú, sí, tú, contigo, no te hagas: Aquí hay una bomba latiendo bajo una torre de cemento. ¡Cuidado al pisar!Fri Jun 25 01:46:33 via Echofon

Vaya día de mierda. La mierda ha sido tan constante y uniforme que ha sido hasta… bellaThu Jun 24 19:19:46 via Seesmic

Ese breve pliegue en el espaciotiempo que se produce al pisar el primer escalón de una escalera mecánica parada #momentosWed Jun 16 09:02:58 via Spaz

Ventajas adaptativas del hombre: órgano genital externo + pulgar oponible.Tue Jun 15 21:03:19 via web

La perpendicularidad de su regazo hicieron la estancia tan incómoda como digna de ser mencionada.Tue Jun 15 20:34:20 via web

La vida es lo que haces entre los cortes de megavideo.Mon Jun 28 00:57:00 via web

Amigos míos, si la vida fuese así… , )

¡Saludos!

Cómo transformar un simple brunch en el clímax de una trasnochada comedia francesa: manual para iniciados

Antes de nada: yo no quería acostarme con ella. Si hubiera querido acostarme con ella la hubiese invitado a Faunia, o al Circo del Sol, o a cualquiera de esos sitios a los que la gente siempre quiere ir en coche para poder bromear después acerca de las prohibitivas tarifas de estacionamiento. Has visto esta factura, diría. Tócate la polla con los pingüinos. Ella me miraría. Diría: vaya. Y me besaría allí mismo con el apetito de cien osos polares a los que alguien hubiera ocultado hasta ese momento la existencia de la primavera.

Así son las cosas. La naturaleza es sabia.

Pero ya digo que no pretendía escurrirme entre sus sábanas. Si le hablé de aquella manera, fue por puro exhibicionismo. Una sesión de fitness emocional, un dispendio de palabras prescindibles. A esas alturas del brunch, mi nueva compañera de trabajo ya había podido hacerse una idea de la clase de miserable que tenía delante. Siguiendo mi patrón de conducta habitual ante los desconocidos, decidí poner las cosas claras desde un principio: me gustan tanto las personas que soy incapaz de relacionarme con ellas sin destrozarles la vida. Después de esta confesión, me subí el cuello del jersey y encendí un cigarrillo. Uno se siente rematadamente imbécil comiendo pescado crudo.

A decir verdad, saltaba a la vista que mi nueva compañera de trabajo era una buena persona. En lugar de ponerse a cubierto tras un inexpugnable muro de mecanismos de defensa, me ofreció un trago de su refresco cítrico. Luego se recogió el pelo con una pluma estilográfica, y planteó abiertamente dos soluciones para mi problema.

La primera era que cambiase.

La segunda era que me hiciese tratar con piedras calientes en determinados puntos de mi cuerpo. Se trataba de una técnica conocida como reiki, o lo que es lo mismo: Armonía Universal para todos en cómodas sesiones de una hora de duración. La ciencia vuelve a sus orígenes, exclamó, y me acercó un pequeño folleto. El Profesor John Curtin podía aliviar los dolores producidos por la bronquitis, las quemaduras de segundo grado y el egocentrismo. Si decide seguir uno de nuestros tratamientos –señalaba el folleto– póngalo antes en conocimiento de sus familiares y amigos: probablemente le verán tan contento y relajado que exigirán una explicación por su parte.

Supongo que aquello me hizo sonreír, pero después caí en la cuenta de que la conversación amenazaba con morderse la cola, y opté por bombardear con piedrecitas el interior de una fuente repleta de hojas flotantes. Mi nueva compañera de trabajo terminó entonces su mousse de yogurt. Después tomó una de mis piedrecitas, y la lanzó exactamente al mismo lugar. Las ondas producidas por nuestros proyectiles se transformaron hacia el centro de la fuente en un garabato de Roy Lichtenstein.

–La primera vez que me sometí al tratamiento –comentó– casi me achicharran la espalda. Ese tipo tiene unas manazas enormes. Maldije, me acordé de todos los Santos: aquel trozo de cuarzo debía de estar por lo menos a doscientos grados. De pronto, el tipo murmuró algo, y me rodeó el cuello con una de sus manazas. Jamás adivinarías lo que sucedió entonces: la maldita piedra ya no quemaba, y era su mano la que concentraba todo el calor en la parte superior de mi cuello. Me quedé profundamente dormida, y soñé con apartamentos en multipropiedad. Después desperté, y me sentí bien.

Se levantó. Encendió un cigarrillo. Deshizo su improvisado recogido y, mientras metía en cintura su melena rubia, me dediqué a recoger todos los residuos que había generado nuestro brunch: tenedores de plástico, bandejas termo-selladas y vasos de café con forma de cápsula espacial. El aire traía de vuelta el agua de la fuente, al otro lado de la valla un mendigo se acurrucaba en un nicho de cartón. Me quedé un buen rato mirando la Torre Picasso. Observé de abajo a arriba su impresionante mole blanca y, a la altura del último piso, mi vista se curvó sobre sí misma y me ofreció el gran angular que la situación estaba pidiendo a gritos. Dejé caer al suelo todos nuestros residuos, me volví hacia ella. Practiqué inmediatamente una traqueotomía en mi garganta, y le dije lo que de verdad me gustaría hacer:

– ¿Sabes lo que realmente me gustaría hacer? –yo le hablaba a su vientre a través de mi traqueotomía. Si pudiera –le dije– me gustaría organizar una fiesta. Mandaría invitaciones a todas las personas a las que he jodido a lo largo de mi vida, y también a las que pienso joder en el futuro. Les reuniría a todos en una gran casa de campo escocesa, y no les diría una sola palabra sobre el motivo de la fiesta. Ellos han llegado, están ahí. Yo les observo a través de una mirilla. Compruebo que no falta ninguno. Entonces hablo a través de un micrófono: les digo que son fantásticos. En realidad –le expliqué– todos y cada uno de ellos son las mejores personas que puedas imaginar. Pero les diría algo más –agregué– les diría que lo realmente maravilloso sería que llegasen a conocerse entre sí; que si existe una razón última, un motivo cósmico por el cual yo me he dedicado a joderles la vida, no es otro que el de organizar este tinglado y tratar por todos los medios de que ellos se emborrachen y puedan convertirse en grandes amigos. De algún modo –nuestro brunch tocaba ya a su fin– me acabo de dar cuenta de que mi salvación depende única y exclusivamente de esta puñetera cosa.

Aquella jornada terminó con cuatrocientos muertos en un choque de trenes en Somalia y la posibilidad sugerida por la NASA de mandar la primera misión tripulada a Marte en 2016.

Como siempre, fui el último en abandonar la redacción.

En mi casa, encargué comida hindú, y rebobiné a gusto la película media docena de veces.

Después, me quedé profundamente dormido.