Quién no haya tenido la suerte de hablar con un loco alguna vez (o de perder ligeramente la cabeza por un tiempo) quizá desconozca algo que todo el mundo debería saber sobre la locura: en sí misma, no es un gran tormento. Un loco puede ser tan feliz o tan desdichado como cualquier ser humano. Su verdadera desgracia comienza, en realidad, cuando no le queda otra que vivir su desvarío entre cuerdos.

Porque al fin y al cabo, ¿qué es estar loco sino ver, escuchar, sentir y darle a la lengua un poco más de lo que el resto del mundo considera adecuado? En este sentido, la locura de Jorge era un tanto peculiar, pues era él, Rey de Inglaterra, el que marcaba con mano de hierro los límites de lo amable y lo insolente, lo aceptable y lo intolerable, lo cariñoso y lo descarado. “Es sólo que estoy algo perdido”, le decía a su reina. Y entonces le daba por correr en paños menores a lo alto de la torre para gritar a los cuatro vientos que Londres iba a ser víctima de un nuevo Diluvio Universal.
La verdad es que algo de razón no le faltaba al hombre, pues en esta estupenda película escrita por Alan Benett y dirigida por Nicholas Hytner se pone meridianamente de manifiesto otra de las grandes verdades sobre la locura: cuando uno pierde el juicio, deja de contar para los juiciosos, de ser una persona capaz de decir “¡esta es mi boca!” y a convertirse, en definitiva, en lo que, simple y llanamente, entendemos por un loco. En nuestra historia, todo esto se traducía en que todos los que rodeaban al Rey decidieron aprovechar la ocasión para reinar, eso sí, cada uno a su manera: el Príncipe de Gales, proclamándose regente; y los ministros, proponiendo como regente a un príncipe que era un pelele para poder hacer y deshacer como sus colegas colonos del otro lado del charco, erigidos en una nueva y flamante nación.
De cómo el Rey recuperó su cordura -y a lo que tuvo que renunciar para recuperarla- es algo de lo que no daré cuenta aquí, por tratarse de algo tan inteligente y hermoso que ha de ser visto de primera mano. En cambio, sí me gustaría aprovechar estas líneas para contaros que La locura del Rey Jorge (1994) también es una de las películas favoritas de alguien a quien conocí una vez. Ella era una mujer, artesana de oficio y madre, cuyos neurotransmisores decidieron un día, cachis, que estaban hartos de hacer siempre lo mismo y se dedicaron a fabricar peces de colores que nadaban a su alrededor. Este trance duró tres años, estuvo en muchos hospitales, tomó muchas pastillas y dejó de ser muchas cosas. Ahora ya está mejor y, a veces, le pregunto cómo es volverse loco. Ella siempre me responde que no está tan mal como la gente piensa… si simplemente consistiera en ver al pez de colores que de vez en cuando sigue volviendo -¡el muy sinvergüenza!- por su habitación. Una vez, incluso, hasta llegó a acariciarlo.









Lo que se dice por aquí