Lo reconozco: soy un vago. Odio trabajar. Me repugna trabajar. Prefiero hacer cualquier cosa antes que trabajar, aunque esto signifique terminar haciendo algo aún más incómodo que trabajar. Lo cierto es que, en este momento, no se me ocurre nada peor que trabajar, pero no tengan ninguna duda al respecto: si existe, me lo quedo.
La diferencia fundamental entre hacer algo horrible y trabajar es, sencillamente, que trabajar es obligatorio. Da igual que tu trabajo sea el más reconfortante del mundo: tienes que hacerlo aunque no quieras. Independientemente de las apetencias, de las ideas, de las necesidades y proyectos que puedas llegar a tener a lo largo de tu vida -tu única oportunidad sobre la faz de la Tierra-, estarás obligado a emplear la mayor parte de tu tiempo en trabajar.
Por suerte, aquellos que hemos decidido plantarle cara a la mayor trampa inventada por el ser humano y hacer del escaqueo nuestro estandarte, tenemos a quién parecernos. He aquí una muestra selecta de los más refinados vagos de nuestro santoral.
1. Ignatius Reilly
Treintañero inútil y enmadrado, crítico implacable contra toda manifestación de la sociedad moderna, amante de los clásicos, enemigo de la democracia y catador incansable de salchichas, este auténtico haragán constituye la prueba de que el trabajo, además de un coñazo, puede resultar peligroso. Y es que no fue hasta que su venerada madre le obligó a salir a la calle y buscar, de una vez por todas, un maldito trabajo, cuando los problemas comenzaron en esta novela escrita publicada en 1980 por John K. Toole y constituida, desde entonces, como un basic en la biblioteca de todo gafapasta que se precie de serlo.

En realidad, Ignatius Reilly tiene muchos puntos en común con la mayoría de los gafapastas que conozco. Aún vive con su madre. Su habitación está inundada de una míriada de papeles que, algún día, habrá de reunir con el fin de consumar la Obra Maestra que le rescatará del -siempre terrible- anonimato. Vapulea moralmente a todo aquel que no profese sus elevados -y algo peculiares- estándares estéticos y, sobre todas las cosas, tiene en común con cualquier gafapasta al uso su inexorable tendencia a la holgazanería y el desprecio más absoluto por el trabajo -siempre y cuando, hacer cola en la Filmoteca los domingos por la tarde no se considere un trabajo en sí mismo.
2. El Gato Fritz
El Gato Fritz, creado a mediados de los sesenta por Robert Crumb, es una bella representación de la facción más jipiosa de los gandules patológicos. De su abanico de actividades anti-callo, cabe destacar las divagaciones continuas sobre el amor y la existencia, sexo y droga en obscenas cantidades, tocar cuatro acordes en la guitarra (principalmente para conseguir sexo); y matricularse en la universidad.
Lo cierto es que, contempladas con voluntad antropológica, las aventuras de este gato tan histriónico como entrañable son ilustrativas de lo que muchos sesudos pensadores han denominado “Mito de la eterna juventud”: la negativa, por parte de niñatos de toda condición y ralea, a asumir los roles propios de la madurez; entre ellos, doblar el lomo. Las causas de ello parecen ser varias y complejas, pero es posible rescatar una: la drástica pérdida de eficacia de una de las frases estrella de nuestros padres: “Cuando seas mayor, podrás hacerlo”. Y es que, a fin de cuentas y con lo a mano que está todo hoy en día, ¿quién necesita esperar a ser mayor para hacer cualquier cosa que le venga en gana?
3. Jean-Jacques Rousseau
Rousseau, pensador francés (antes fue ginebrino, pero terminaron por echarle a patadas de allí), podría englobarse dentro de lo que yo denomino un “vago selectivo”. Llevó a cabo, con gran pesar y con el único ánimo de no morirse de hambre, distintos trabajos hasta que dio con una mujer,Madame de Warens, que lo mantuvo a cuerpo de rey durante gran parte de su vida. ¿La clave del braguetazo? Muy sencilla: ella pensaba que él era un genio. Y a él, ella le ponía tan increíblemente cachondo que puso todo su empeño en cumplir sus expectativas.
Este empeño se centró -fundamentalmente y dejando a un lado el fin último de todo el asunto: levantarle las faldas a la Warrens- en convertirse en un aclamado compositor musical. Con este fin, decidió rechazar de pleno cualquier ocupación y dedicarse por entero a su arte que, dicho sea de paso, no pasó nunca de mediocre. Finalmente y tras desencantarse de la música, decidió en emplear su abundante tiempo de ocio en darle al tarro, inventando, en una de éstas, algo tan sencillo como poco evidente: la Democracia. Ésta es la prueba de que la vaguería, además de descansada, puede cambiar el mundo.
4. Holden Cauldfield
Poco se puede decir ya del muchacho de de la imagen (cortesía de una tal alexaaaaa) que no se haya dicho. Expulsado del colegio y con unos días por delante hasta que sus padres reciban la notificación, decide darse un bureo por su ciudad amada: Nueva York. El protagonista de El guardían entre el centenobasa su clara tendencia a escurrir el bulto en uno de los principales rasgos de su carácter: trabajar, sencillamente, le deprime.
La tristeza patológica, la melancolía crónica que en él despierta toda situación en la que alguien tiene que hacer algo por obligación -desde ser un cabrón hasta elegir una película, pasando por hacer el amor o incluso deprimirse- le impiden llevar a cabo otra empresa que no sea caminar sin rumbo fijo y, quizás, encontrarse algo auténtico por el camino. Y es que una de las peores cosas de trabajar es que, además de que alguien te obliga a hacer algo que no quieres, también es probable que te animen aser quién no quieres.
5, 6 y 7. Los Fabulosos Freak Brothers

Franklin, Phineas y Fat Freddy, los irreductibles drogadictos de los sesenta que continúan plantando cara al buenrollismoinvasor, se escapan de cualquier teorización sobre las causas de su rechazo al trabajo. Sencillamente y si existe algo como el “arte por el arte”, los Freak Brothers vendrían a representar la vagancia por la vagancia, la celebración y el elogio de la holgazanería como forma de vida y redención de todo espíritu realmente libre. ¿No hay comida? No pasa nada: tenemos costo. ¿No hay costo? Tranquilos: tenemos dinero. ¿No hay dinero? Emh… Creo que hojearemos un rato nuestras revistas gratuitas de suscripción a prueba mientras se nos ocurre una forma de dar el palo.
En cualquier caso, estos tipos no son ladrones. Los ladrones trabajan, al fin y al cabo. Su espíritu tiene más que ver con el de aquellos hombres y mujeres nómadas del Paleolítico, que iban allá donde estaba el alimento, tomaban lo que necesitaban y se tumbaban a la bartola debajo de un chopo. Y es que el concepto de trabajo es reciente, demasiado reciente en la historia humana como para tomárselo demasiado en serio. Puede que sea una moda, al fin y al cabo y que, como toda moda, acabe desapareciendo en la noche de los tiempos. Entretanto, relajémonos un rato y volvamos a mirar por los rincones: quién sabe, a lo mejor queda algo de costo.
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