Día 537 de cautiverio (O cómo piensa realmente tu gato)

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El impasse

Todo está lleno de amor.

Aquí me tienes, en pleno impasse. Miro por la ventana: está lloviendo, un pensionista se tambalea sobre la acera. No sé qué decirte, ni bien ni mal. Antes bien, esperando a que suceda algo.

Y es que tengo mi casa llena de cosas (como setas, las cosas) y quiero enseñarle a la gente esta casa llena de cosas. Quiero pedir perdón, a la gente, por mis reiteradas ausencias (tan sólo quise viejar para recoger cosas, y esas cosas acabaron por recogerme a mí, y por convertirme en cosa).

Somos moléculas, una red de sentimientos: acércame el carbono, necesito asentarme; me sobra hidrógeno, ¿te apetece volar? Uno empieza en una punta, y va girando, rebotando, estrellándose contra otros. Pon que de ahí saltan chispas o, más allá, florece el gélido Invierno -y es que cualquier cosa es mejor que quedarse en pleno impasse.

Porque, mira quiero ser sincero. A estas alturas, no me voy a andar con más excusas: uno empieza aquí y acaba allá; no me juzgues, qué sé yo. ¡Es tan difícil hacer el camino inverso!

Pero el caso es que he vuelto, y quiero enseñarle a la gente esta casa llena de cosas. Y que mis cosas sean tus cosas, y que tus cosas vuelvan a florecer (como setas) sobre mi cuerpo desnudo.

Sólo déjame tomar aliento.

Menuda caminata.

La caída

Cuando murió mi abuela, mi padre no dijo nada. Sencillamente, se quedó sentado, junto al resto de sus hermanos, con la mirada clavada en el suelo. Alguien susurró, de pronto, que había que amortajarla. Yo era pequeño, y no sabía qué demonios era eso.

Aun así, sonaba mal.

Un vecino –creo que era el vecino del tercero– se ofreció para hacerlo. Se pasaba borracho la mayor parte del día, pero tenía doce años de experiencia como celador de hospital. Recuerdo que trataba de anudar en vano un pañuelo bajo la barbilla de mi abuela. Agarraba las puntas del pañuelo, tiraba de ellas tan fuerte como podía. Pero el lazo se deslizaba una y otra vez, y el tipo se echaba mano a los riñones, bufando:

-¡No hay manera, no hay manera!

Yo contemplaba la escena junto a mi padre. La mujer del celador se había colocado al otro lado de la cama, y sacaba grandes puñados de algodón de una bolsa de plástico. De vez en cuando, suplicaba a su marido que tuviera un poco más de cuidado. Voy a necesitar el pegamento, le decía de repente el celador, tambaleándose junto a mi abuela muerta. Y ella corría de un extremo a otro de la habitación, agitando los brazos:

-¡Oh, lo lamento, lo lamento mucho!

Fue entonces cuando sentí la necesidad de preguntarle algunas cosas a mi padre. ¿Era eso la muerte? ¿O quizá debía ser de otra manera? La cabeza inerte de mi abuela rebotaba una y otra vez contra la almohada, pero él permanecía callado, indiferente. Le miré de reojo: tenía los codos apoyados en las rodillas, los dedos cruzados sobre el vacío.

Me mordí el labio, volví la vista al suelo.

Me agarré a él tan fuerte como pude.